No negaré que este navegante trotamundos, y caballero a su modo, irrumpió en mis lecturas más tarde que Idéafix, Obélix y Astérix, más que Tintín; a los 26 años cuando se supone que los héroes de viñeta ya no tienen cabida en tu estrenada juventud. Y casi al mismo tiempo que una novela negra mítica: El halcón maltés, de Dashiell Hammett. Los dos descubrimientos me fascinaron. Corto Maltés, magistralmente creado por Hugo Pratt en 1967, me enamoró por su talante, por su porte de canalla que se sabe guapo, por cómo le quedaba la gorra y por lo fácil que le resultaba ser libre. El halcón maltés me descubrió un mundo detectivesco apasionante, me introdujo en la senda del cine clásico más negro de una forma brillante. Me llevó a adorar las interpretaciones de Humphrey Bogart, a no perderme nada en la pantalla grande de John Huston, a leerme casi todo de Dashiell Hammet. Ambos han sido mis pretextos aliados para hacerme un periplo por el archipiélago maltés; porque en Malta nació mi héroe de cómic y porque en Malta alzó el vuelo mi halcón de novela. Los dos me han servido para descubrir unas islas tan eclécticas culturalmente como la privilegiada posición en medio del Mediterráneo.
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Acantilados de La Ventana Azul, Isla de Gozo
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Malta, Gozo y la pequeña Comino tienen ese sabor especial del mestizaje de lenguas, razas y religiones. Hablan maltés, una amalgama de fenicio, árabe y latín. Conducen por la izquierda como recuerdo de sus 150 años de protectorado británico. Físicamente, son tipos mediterráneos una mezcla étnica muy variopinta (al modo de Corto, de madre gitana española y padre inglés de Cornualles). La Orden de Malta (también conocidos como Caballeros de la Orden de San Juan, los de la cruz roja, blanca o negra en su atuendo muy al estilo del Capitán Trueno) les ha dejado en herencia cienes de iglesias y catedrales y una mayoría católica, pero no desprecian otros lares espirituales como el musulmán o el judío. Muy crisol son en esto los malteses, tanto como en su gastronomía.
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| Fortaleza de Gozo |
Se come y se bebe bien en las islas. A pesar de McDonalds o Pizza Hut surten divinamente las necesidades dietéticas de los miles de turistas que peregrinan cada año por el casco histórico de La Valletta, la capital de este pequeño país, yo me quedo con las pastas aderezadas al estilo maltés (con alcaparras frescas, por ejemplo), con los Bragioli, rollitos de carne estofados en vino tinto y con sus verduritas, pescados... Y con su aceite de oliva y sus caldos. Sí, me han gustado sus vinos, tienen personalidad a precios muy de los antes en España. He probado el licor de higo chumbo, un poco dulzón pero se deja querer después de almorzar o cenar.
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| Red Tower |
Y he descubierto un pequeño restaurante griego (los hay de todas las nacionalidades) muy recomendable en una de las calles principales del recinto monumental, Merchant Street, donde con pedir su Elia Grill Mix como plato único tienes suficiente para reponer fuerzas y seguir pateando sin dejarte el presupuesto. Un aviso a navegantes, un poco más arriba, en la misma calle, hay una pequeña taberna, Lapira, en la que tomarse una cervecita maltesa (también muy rica) y navegar por internet eludiendo el roamming. Tiene una WiFi free casi tan rápida como la de casa.
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| Cuevas de La Ventana Azul, Isla de Gozo |
Malta es mucho más que un destino en el que decir que vas a aprender inglés. A mí me han impresionado sus dos maravillas azules. La Ventana y la Gruta, dos lugares para visitar en motora (por 3,50€) y ver esos acantilados y cuevas propias de historias de barcos y piratas, donde se ha filmado alguna que otra escena de James Bond. Hay que verlas y admirar el color de sus aguas, ese tono azul casi noche pero luminoso, muy del azul Dior. ¿Playas?, alguna pero no son lo mejor de las islas.
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| Calles de Mdina |
Hay que visitar Mdina, la antigua capital, con sus callejuelas y sus imponentes edificios, todos de piedra autóctona, sus balconadas y sus colores ocres. La ciudad del silencio, la llaman.
Y darse un garbeo por alguno de los templos megalíticos (más antiguos que las pirámides de Egipto y declarados Patrimonio Universal por la Unesco) como los de Gjantija o Xanghra, por sus pueblos de pescadores (a mí el que más gustó fue el de Marsaxlokk). Hay que hacer muchas cosas en Malta y sus islas, pero también es agradable simplemente contemplar sus fortificaciones, sus torres de vigilancia, sus baluartes defensivos…
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Barcas de pescadores en Marsaxlokk
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En uno de ellos, en La Valletta, hay un centro cultural y creativo, St. James Cavallier, que ninguna mente artísticamente inquieta debe dejar de visitar, su umbral invita a descubrir su interior.
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Umbral del centro cultural St. James Cavallier
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Para no hacerse mucho lío con la carga histórica de estos lares, es muy recomendable ver el show audiovisual (lo reconozco, muy turístico pero muy aclaratorio y facilito) Malta Experience al que se llega siguiendo las flechitas que hay por todo el casco antiguo.
Los que quieran pulular por su cuenta, siempre pueden coger los autobuses turísticos, de subir y bajar sin restricciones por toda la isla (15€ diarios), o alquilar un Jeep y un chofer isleño (por lo de conducir al revés) y recorrer sus 27 kilómetros de largo y 13 de ancho en plan rally (unos 55€ por persona)… Se me queda mucho en el limbo de mis recuerdos de mi odisea buscando a Corto Maltés. Desvelarlo todo sobre un destino, no es bueno para el viajero, siempre hay que dejar un hueco para la sorpresa y el descubrimiento personal.
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| Balconadas de La Valletta |
Epílogo. De Corto, ni rastro (dicen que desapareció en 1936 peleando con las Brigadas Internacionales a favor de la República en la Guerra Civil Española), ni un triste imán o camiseta. Del origen del halcón, he averiguado algo más. El primer halcón maltés salió de La Valletta en marzo de 1530, como tributo de vasallaje al emperador Carlos V por cederles a los Caballeros de Malta el gobierno en su nombre de las Islas. El último, en 1798, cuando Napoleón en 6 días terminó con el mandato político de lo Orden. Al parecer, no siempre debieron ser halcones de sangre caliente entrenados para la cetrería los que emprendían el vuelo hacia España. Al menos en la imaginación de Dashiell Hammett, uno se convirtió en estatuilla de madera en cuyo interior viajaba un tesoro de piedras preciosas, el protagonista perdido durante más de 400 años de El Halcón Maltés, un recurso perfecto para contar una historia muy de cine.
Fotografías: Itziar Salcedo