Con la esperanza de que el tiempo acompañara, hace un mes que saqué mi arsenal de ropa estival: shorts, camisetitas de tirantes, pantalones finitos de hilo y algodón y bikinis... Observando mis prendas sobre la cama, un intenso debate se produjo en mi interior: ¿me las pruebo? ¿no me las pruebo? La parte racional de mi cabecita se inclinaba hacia el sí; el horror de confirmar que la cremallera de mi pantalón blanco favorito no iba a dar de sí ante el avance evidente de las lorzas abdominales cultivadas con esmero durante el invierno, me incitaban a dejar el tema para otro momento. Pudo la razón.
Dispuesta a asumir los excesos gastronómicos, respiré hondo y comencé trajinándome los pantalones. El efecto espejo fue aterrador, entrar, me entraban, pero a costa de hacer todo tipo de maniobras, estiramientos y esfuerzos “metetripa”. Me sentí como una morcilla de Burgos: embutida. “Debe ser que están recién lavados” me animé. Así que pasé a experimentar con mis camisetitas escotadas; ahí estaban, los rulillos espaldares, nacidos al amparo de la presión del tirante del sujetador, eran evidentes. “Será que me lo he apretado demasiado”, me seguí animando. Con esa fe que dicen que mueve montañas, pero que no evita realidades corporales, me lancé sobre el bikini de Calvin Klein color fresa que la temporada pasada me costó una pasta. Casi me da un pasmo: la braguita parecía haber encogido dos tallas y me dejaba medio culamen fuera; la parte superior fue más conmiserativa, debe ser porque a mí las grasas se me acumulan en las partes bajas. ¡En fin!, acordándome de Serrat y su gloriosa frase “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”, acaté la evidencia de que los tres kilitos de más que marcaba mi báscula no eran un fallo del aparato, sino 3.000 gr de carne acumulada contante y sonante. Y decidí contradecir a uno de mis cantautores favoritos y ponerle remedio al entuerto, porque o me compraba un ajuar estival completo –que dado los recortes presupuestarios en los que todos andamos no me iba a dar más que para vestiditos camiseros en el H&M y un tanga de Intimíssimi- o me ponía a dieta y perdía la talla que el invierno había depositado sobre mi persona.
Llevo practicando lo segundo un mes. Además de quitarme del alcohol, bomba dietética donde las haya por su alto contenido en azúcares, castigarme sin postres dulces, evitar comer hidratos a partir de las 16 horas, alejarme de las fritangas y las salsas mojadas en pan, los churros y porras en el desayuno, obviar la siestecita, hacer cinco ingestas al día en vez de dos, cenar poco y antes de las 20 horas y seguir dándole al florete tres veces por semana, decidí echar mano de los “complementos alimenticios coadyuvantes de los regímenes adelgazantes”, cuya traducción popular sería “mejunjes quitakilos”, y comprobar si realmente sirven para algo. Va ser que sí. Me han ido de cine las pastis a base de chitosan vegetal combinadas con un preparado de plantas adelgazantes llamado 360º, ambos de Triestop de los laboratorios Eladiet (en farmacias y parafarmacias). El Chitosan tiene un efecto atrapagrasas y es capaz de absorber hasta 800 veces su peso en grasa; lo que significa que las grasas que ingieres se neutralizan hasta en un 30%; me tomo dos cápsulas 30 minutos antes de la comida y de la cena y me ayudan a tener menos ansia por comérmelo todo. El 360 es un sobrecito que se disuelve en un 1 litro de agua y lo vas tomando a lo largo del día. Sabe bien y lo que notas es que no paras de ir al baño, pierdes volumen a tutiplén. Por sí solos, sé que estos mejunjes no hacen milagros, pero sí los acompañas de esfuerzo y un poco de “comer menos, más sano y con raciocinio”, son buenos compañeros de dieta. Ayer me puse de nuevo mi pantalón blanco. Me subí la cremallera casi sin esfuerzo. El “casi” significa, según me ha confirmado la báscula de la que he pasado durante un mes para no obsesionarme, que he perdido 2 kilitos en un mes. Todavía me queda uno para salir del túnel invernal, pero ya veo la luz. ¡Ay qué alivio para el bolsillo, que subidón para autoestima frente al espejo…..y qué ganas de mandar el régimen al carajo y atiborrarme de cañitas, heladitos y churros domingueros!



3 comentarios:
Querida Enma: Aunque ya sabes que yo soy más de una dieta severísima de bacardicola, con gusto podría diseñarte una para bajar un par de kilos. Eso sí, te aviso que sudar, se suda mucho. Besos.
Querido John Queras, sospecho que Enma lleva un par de añitos sudando, y no precisamente la camiseta...jeje
Y así está!! Ni chitosan ni 360 querida Enma. Yo te he visto hace unos días y te aseguro que puedes volver a la cañita y a los churritos. Eso si, sin dejar de sudar. Que tienes un trofeo por algo... jejeje
besoss
Si hay que sudar, se suda; si hay que quitarselo todo, me lo quito todo....que tengo chichillas, pero no verguenzas
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