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Itziar Salcedo
Aquí sigo, en la Galicia norteña, alternando las nubes con el sol, los albariños con las tapas, el descanso tecleril con mi cita puntual con belleza en vena, durmiendo como una marmota y comiendo como Carpanta y procurando buscar alguna actividad aeróbica, no demasiado esforzada, para mantenerme mínimamente en forma.
He intentado apuntarme al surf, como mi retoño, mi sobrino y Serhy, el hijo de mi Olga querida, la chica que trabaja en casa. La gozan coronando olas en Esteiro, una de esas playas de las rías altas a las que no llegan más que los surferos, dos alemanes locos, tres ingleses despistados, mi hermana Blanca que es una adicta a la visión de aves y no para de cazarlas con sus prismáticos de marca cojonuda que le han costado una pasta y algún que otro bañista nacional que al ver el panorama olil decide largarse a otra playa en la que las olas no le revuelquen como una croqueta, sino le mezan como a un bebé. Y digo que he intentado lo del surf mínimamente, pero que he desistido porque, entre nosotros, paso de que mi hijo Juan, en plena efervescencia adolescente, encuentre un motivo más para meterse-reírse de su progenitora. Ya he quedado con la monitora, Catalina, en lanzarme a la aventura en agosto, cuando el fruto de mi vientre se encuentre a más de 600 kilómetros de distancia olisqueando mujercitas en ciernes y pasando de la madre que le parió. (Jesús, qué ganas, oye)

Mientras tanto, y en tanto me subo a la tabla surfera, he descubierto San Román. Una de esas radas en las que rocas, algas, más rocas, más olas y casi 1.500 metros de arenita blanca, le llenan a una de melancolía marina y te hacen creer que estás en una playa salvaje. Y digo salvaje con razón. A la playa hay que acceder haciendo treking. Según me cuentan, las últimas lluvias se llevaron por delante las pasarelas que cruzaban el pequeño río que desemboca en la misma orillita del mar, y ahora hay que cruzarlo chanclas en mano, con el agua por la pantorrilla y pegando un salto de altura para salvar el desnivel entre las dunas y el comienzo en sí de la playita. Tras saltar como un canguro australiano, -señores de la Xunta, miembros del Concello de Ovicedo, autoridades competentes: ¿no podrían ustedes facilitarnos un poco la entrada al paraíso? Compadézcanse, venimos de muy lejos, de los madriles, de sortear estreses, atascos y otras pruebas laborales, no estamos para muchos trotes- llegas a un paraje de belleza incomparable y un airón indomable, pero gratificante. Sobre todo cuando medio país fenece bajo los sudores estivales y consume aire acondicionado y ventoleras de las aspas del ventilador con fruición. Tras despojarme de mi vestidito playero e intentar que la pamela, que me ha dicho mi amigo López Bran -¿recordáis, el dermatólogo que cuida de mis lunares?- que debo llevar como accesorio playero indispensable no se vuele como mis sueños de ser mujer florero, me quedo en bikini, un modelito negro ideal que me agencié en el aeropuerto de Venecia cuando me tocó esperar tres horas por motivos ajenos a mi voluntad y algo tenía que hacer.

Me tumbo en mi toalla-pareo –muy cómoda, por cierto- pero no aguanto mucho tiempo y no por el calor, sino porque soy más inquieta que el rabillo de un Bóxer y tengo que moverme para no aburrirme como una ostra. No soporto el sol directo, ni el galante y meloso sol gallego. Como leer no se puede –por la brisilla marina- me voy de paseo por la orilla. A practicar la talasoterapia salvaje. Para los menos avezados, haré un inciso para decirles que la Talasoterapia es la hidroterapia realizada con agua de mar, que es muy difícil de practicar en lugares cinco estrellas porque el balneario tiene que estar como mucho a 500 metros de la orilla marina. Hacerlo en la playa es mucho más barato y asequible, y más si es una playa norteña, en la que rugen las olas, corre la brisa, la marea baja proporciona un suelo arenoso inigualable y la temperatura del agua no supera los 20 grados. Mi método es infalible. Primero, paseíto por la orilla, con el agua a la altura de la rodilla, para que mis pies se esfuercen en el caminar arenoso y junto con el batir del mar, me proporcionen un masaje activador de la circulación que me ayude a dominar a mis adipocitos y a mejorar la circulación sanguínea. No tengo varices, pero para los que las padezcan, es la mejor terapia del mundo para aliviarlas. Tras 15 minutos de caminata, como una ya entra en calor, pues apetece introducirse en el mar. He descubierto que poner mi barriguilla como diana del romper de las olas consigue que los gases circulen mejor y las idas al señor Roca sean más regulares y eficaces.

Después, meto la cabeza, porque el yodo marino me deja el pelo impecable, tanto que no necesito usar ningún tipo de producto de styling para reforzar mis rizos. Es más, dejo que el salitre actúe sobre el cuero cabelludo y la fibra capilar durante al menos 24 horas. Oligoterapia marina que es fantástica para los cabellos adolescentes, con tendencia a grasos, y las pieles que sufren de algún tipo de dolencia crónica como la soriasis y para todos en general. Y, por último, me hago unas brazadas –nunca mar adentro, que a saber dónde me llevan las corrientes- sino laterales. Termino por salir luchando contra la corriente, que hace que mejore aún más mi circulación y mis piernas se endurezcan del fémur al tobillo. Para culminar el protocolo, sólo me seco la cara con una toallita de mano y espero que la brisa, el sol y el paseíto que repito por la orilla resten la humedad a mi piel poquito a poco. Una vez sequita, me embadurno de crema, SPF 30 con la que ya venía de casa, me quito el modelito negro, me pongo uno frambuesa, mi vestidito playero, mi pamela, mis gafas de sol y me voy lentamente al chiringuito, salto de nuevo el río lo que me permite limpiarme los pies de arena, para instalarme cómodamente en una terracita a la vera del mar a la que van acudiendo los adolescentes, la cazapájaros de mi hermana, el socarrón de mi cuñaaaaao que es de estas tierras, mi amiga Bego, su hermana Gloria, su marido Carlos –que vive en la inopia más feliz que una perdiz sin banquete de bodas- y mi madre que con 82 años hace las mismas actividades que yo porque lleva practicando la talasoterapia norteña más de ocho décadas. Olé mis genes. Olé Galicia y olé el albariño que nos ventilamos en este marco incomparable.
6 comentarios:
La envidia me corroe! Mira que no soy muy de agua, pero tal y como lo cuentas suena genial!
Que envidia la playita¡¡
www.estanochesoyunaprincesa.com
Ole, ole el albariño, luego te vienes pa Asturias a por la sidrina veras que veranito !!!
me encantan tus entradas!! xDDDD
:D Como echo de menos yo mis playas gallegas... Estando a tantos km de distancia :___
vuelvo el 24 de agosto y, aunque tengo que estudiar, me iré algún diíta a la playa :D
Me he reído mucho....jeje
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