lunes, 20 de septiembre de 2010

LA ÚLTIMA MALETA DE CHRISTIAN DIOR… por ENMA DE SCARADA

16 de Septiembre, Coté Azur, (Costa Azul, Francia, para los que se hagan un lío con las nomenclaturas playeras), 08.30 AM, Frederic Boudelier, Director de Patrimonio de la Maison Dior encargado entre otras cosas de recuperar todo aquello que haya pertenecido al genio, recibe una llamada; en la pantalla del móvil un número desconocido y una voz con acento holandés que le sorprende y le suelta de sopetón “solo hace un mes que he comprado una villa cercana al Chateau de la Colle Noir (Colina Negra), al hacer limpieza de trastos he encontrado una maleta vintage con varias telas de seda estampada y un sombrero con las iniciales CD, creo que tendría que verla”…
Aclaro que el Chateau de la Colle Noire fue el refugio lúdico-creativo de Christian Dior desde 1951 hasta su muerte y que el holandés estaba alucinado con la movida que la noche anterior había presenciado en las lindes de sus nuevos dominios: camiones descargando sillas y sillas blancas y grises, vajillas, muebles de época, adornos florales dignos de una boda principesca, Mercedes a tutiplén, cienes de señoras engalanadas y entaconadas intentando mantener el equilibrio con dignidad, un cuarteto de cuerda, camareros, camareras, fotógrafos, cámaras… ¡Y hasta fuegos artificiales a media noche!.
No le quedó más remedio que cotillear para descifrar el misterio y el cotilleo le llevó a la verdad: se trataba de un evento que Dior montaba para presentar a la prensa internacional especializada la versión más sofisticada y pura de la esencia insignia femenina de la Maison: J’adore L’or. La firma ha tirado la casa por la ventana para presentar en sociedad esta nueva concentración aromática, de la que ya hablaré. Chinas, japonesas, rusas, inglesas, alemanas, italianas, portuguesas, belgas, holandesas, francesas, y por supuesto, españolas.




Allí fuimos todas con nuestras mejores ganas y galas –y digo todas porque la única representación masculina en el evento no era periodística, sino relaciones públicas o puestazos de la casa-, dispuestas a disfrutar de ese lujo conciso, exacto y elegante que caracteriza todo lo que rubrican las siglas CD: coches a nuestra disposición 24 horas; hotelazo ***** en Niza (Cap Eden Roc, se llama) con bucólicas vistas a un mar azul (de ahí debe venir el nombre) surcado por veleritos (que parecía que también los había contratado Dior para adornar el marco incomparable); cama sin dosel pero tan amplia y acogedora que arropaba e invitaba a los mejores sueños; cuartos de baño como salones de baile (también con vistas al mar y veleritos) abastecidos con productos de La Prairie y ambientados con la esencia madre, (J’adore) de la presentada en sociedad; armarios roperos en los que casi se puede vivir dentro, sillóncitos para la lectura, wi-fi que funciona con celeridad y gratuitamente; dos docenas de rosas amarillas (que nada tenían que ver con los celos); chocolatinas gourmet para conciliar el sueño o pecar porque sí; piscina con agua salada –y medusas que se colaban a gozar del lujo de los huéspedes- playita privada, gente guapa, restaurante con vistas al mismo mar y los mismos veleritos… No sigo, que os estoy contando lo que no quiero y seguro que corroyéndoos de envidia, porque yo a lo que iba es a la maleta con las iniciales CD.



Y, en concreto, a ese Christian Dior oculto que he descubierto durante este viaje, como Frederic ha encontrado su vieja maleta. Este genio de la aguja y el buen gusto, se enamoró de de la Costa Azul en 1932, a la que llegó desde Normandía, con su familia completamente arruinada a causa de la Gran Depresión del 29, para instalarse en una casita que les prestó su antigua ama de llaves. Superados los malos tragos económicos, y después de pasar unos añitos en París, le movilizaron, como a todo hijo de la madre Francia, para detener a las hordas nazis, pero nunca entró en combate porque los alemanes se apoderaron del país con tal celeridad que en el año 40 ya ocupaban toda Francia y ya no cabía lo de detenerlos, sino lo de boicotearlos (¿Toda? ¡No!, la no ocupada, la de Petain, la gobernaban igual pero con disimulo). Así que Christian se pasó dos años en una granja (1940-1942), rodeado de estiércol, cabras, caballos, vacas, gallinas, patatales, viñas, heno y un huerto que cultivar y que les daba de comer a él, a su hermana y a su padre. Lejos de amargarle, la experiencia le descubrió que “tenía un corazón de campesino” y le inculcó el gusto por elaborar su propio aceite y sus vinos. CD era muy adaptable y podía haber sido hortelano en lugar de modisto. Menos mal que dejó el arado, el azadón y el sombrero de paja y retornó a la capital a trabajar en lo suyo. Un industrial del textil estuvo mucho tiempo persiguiéndole para que montara su propia firma de moda, pero la realidad de la posguerra y el miedo a abandonar un salario seguro le impedían liarse la manta de la independencia creativa a la cabeza. Un buen día paseando por una de esas rúes parisinas, tropezó con un objeto que casi le tira al suelo, mantuvo el equilibrio y se dio cuenta de que la causa de su traspié era una estrella de cinco puntas plateada. La cogió, se la metió en el bolsillo y le dio un pálpito “esta es la estrella que me guía”. Llamó al capitalista textil y le dijo “voy a montar mi propia casa de modas”. La estrella la guardó con ahínco hasta su muerte y la reprodujo en todas sus casas-refugio. CD era muy esotérico. Lo demás, historia oficial: presenta su New look en el 47 y en una década su arte le eleva a los altares de la moda… (Yo también soy esotérica y quiero una estrella, aunque sea de hojalata, que me guíe y me saque de pobre). ¿Más? Flipó con los trabajos de Yves Saint Laurent, cuando siendo jurado de un certamen nacional de moda éste chavalín –sólo tenía 17 años- dejó a todos los miembros del tribunal boquiabiertos con su talento. A saber, YSL se llevó cinco galardones de los siete premios; uno de sus principales rivales, Karl Lagerfeld, sólo uno (después, estos dos nunca se llevaron bien… ¡Ay qué mala es la envidia!). Christian lo fichó rápidamente y suspiró aliviado “cuando muera, ya tengo sucesor”.

Corría el 54, tres años más tarde, intentando adelgazar en la ciudad balneario de Monte Catini –era un hedonista del buen yantar y el mejor beber- murió de un ataque al corazón. CD intuyó su fin ¿Y la maleta? Probablemente sea de él. El sombrero, además de sus iniciales, lleva la etiqueta de la única tienda en la que adquiría sus sombreros. CD era un maniático. Cuando Frederic me lo confirme, prometo contarlo…..como puedo prometer y prometo que seréis los primeros en saber de qué va J’adore L’Or, pero eso será la semana que viene.

7 comentarios:

Me encantan estas historias, creo q me podría tirar horas y horas. Yo tb quiero una estrella q me guíe así de bien! Ciao! Besos!

Unlieuavecallure

Que preciosa historia! Es fantástico que se haya recuperado la maleta tras tanto tiempo. Me apunto al deseo de la estrella. Para que luego se diga que la vida no tiene algo de mágico.
Un besazo!

Me ha encantado la historia.
Mira que me troòezo con las rayas de la baldos, pero aún no he encontrado la estrella.
Seguiremos buscando.

Besos!

Busco y busco, pero la estrella no aparece.
Genial la entrada, como siempre.
Qué lástima que los grandes capos sean mujeres, es algo incongruente, todavía a estas alturas.

Joe que envidia!!! Menudos viajes!!! Espero que lo pasaras bien y nos cuentes cómo es ésta fragancia! muak

Me encantan tus comentarios siempre tan alegres y positivos.
Es significativo que casi siempre sean hombres los que visten mejor a las mujeres. Será que os comprendemos más.
Un beso

Me ha encantado esta historia!!