Desde que descubrí la existencia del papel de cocina súper absorbente de doble capa, las pajitas (o canutillos) flexibles y las sandalias abrechapas no había vivido yo en mis carnes una revolución igual ni un salto tan grande en mi calidad de vida. Son avances sencillos, aparentemente simples, hasta un poco pueriles, pero tan necesarios como el bacardicola, la gorra de bad hair day o los libros de bolsillo. Pasan desapercibidos, casi de puntillas, pero cuando te quieres dar cuenta, se han hecho indispensables y no podrías vivir sin ellos. En el lado opuesto, es decir, esas presuntas mejoras que de vez en cuando asoman sus jetas al mercado en busca de cándidos consumidores y de yonquis de la novedad, se encuentran los abrefácil (¿en serio?), las pipas peladas (vamos a quitarle toda la gracia a estas semillas naturalmente perfectas), el láser disc (¿alguien recuerda el aparetejo de marras?) o los sándwiches mixtos precocinados (gracias Casa Tarradellas, ¡menudo ahorro de tiempo!).
Pues sí, adictos a la bellezaenvena, el roll-on es el dosificador definitivo, pese a quien le pese. Más allá de él se abre un abismo infinito, frío y oscuro. Aunque ya lleva unos cuantos años entre nosotros, facilitándonos la aplicación de los desodorantes y de los contornos de ojos, su creciente imperio se está extendiendo en silencio y ha llegado por fin al mundo del tratamiento capilar, de la mano de Kérastase Homme. Y es que el roll-on es la invención de la rueda en plena era tecnológica, es el iPhone de los aplicadores, el novamás del ingenio humano. Y no es más que una bolita que gira sobre un eje, de una sencilla belleza y un pragmatismo total. ¿Creéis que me estoy viniendo arriba sin razón aparente? ¿Que estoy escribiendo este post después de 48 horas sin dormir por culpa de un improvisado festival callejero de música celta? Nada más lejos de la realidad. Mi amor incondicional por el roll-on está más que justificado.
Con los dispensadores tradicionales se desaprovecha producto y en las manos y los dedos siempre queda una sensación grasa, pegajosa, un tanto incómoda, que obliga a un lavado posterior. El roll-on, además de liberar la dosis exacta, acaba de golpe y porrazo con todas esas pequeñas molestias e incomodidades que el uso de la cosmética provoca en los tíos (que todo hay que decirlo, somos más finos que el coral) porque se aplica directamente sobre la piel. Tú no tienes que pringarte. A la vez, evitamos contaminar el producto que queda en el bote porque, no nos engañemos, nosotros no somos muy de utilizar la espátula y gustamos de meter la manaza, repletita de gérmenes invisibles, en el recipiente en cuestión, como si estuviésemos cogiendo palomitas de un bol. Es limpio y su modo de empleo es tan básico que hasta la mismísima Bibiana Aído recién levantada sería capaz de entender este complejo mecanismo.
Las casas cosméticas, que no son precisamente tontas y que saben lo que nos gusta gracias a sus sesudos tests de mercado, empezarán en breve a darse cuenta del imparable fenómeno roll-on y sus futuros lanzamientos, novedades y repackagins se presentarán únicamente en el Formato. Y es que cuando tienes una idea redonda para qué hacer experimentos con gaseosa. Funciona, es cómodo, higiénico, masajea y nos facilita el skin care y, ahora también, el hair care. Lo dicho, el roll-on rocks.
-Roll On Capital Force de Kérastase Homme: desliza la bolita por las entradas y la coronilla durante un minuto y nota cómo su exclusivo cóctel de taurina, arginina y vitaminas B5, E y PP, frena la caída capilar. De venta en salones de peluquería Kérastase. Cuesta 24,90 €.
-VitaLift 5 Roll-On Ojos de L’Oréal Men Expert: formulado con pro-retinol, que suaviza las arrugas y líneas de expresión, y un complejo nutripéptido que nutre, hidrata y combate las ojeras y las bolsas. Además, el efecto hielo refresca toda la zona ocular. Cuesta 14 €.
-Desodorante roll on Clean Comfort de Dove Men Care: protege contra el sudor y la humedad y, al mismo tiempo, cuida y aporta nutrientes a la piel. Además, evita la irritación de las axilas porque contiene crema hidratante. Read my lips: ¿se puede pedir más? Cuesta 2,40 €.






















































